En 1910, los límites de la ciudad de Santiago eran por el oriente la actual avenida Vicuña Mackenna, por el poniente la Quinta Normal, por el norte el Cementerio General y finalmente, por el sur, llegaba hasta la zona de la penitenciaría, el Parque Cousiño y el Club Hípico. Vivían en ella 350 mil personas, rodeadas por chacras y parcelas fuera de los límites de la ciudad.

Ésta era la capital de una República con poco más de 3 millones de habitantes, dividida en 23 provincias desde Tacna a Chiloé, que presentaba una población católica abrumadoramente mayoritaria. Un país, donde la fuerza de la naturaleza suele manifestarse de vez en cuando remeciendo los cimientos de nuestro suelo. Así lo había hecho en 1906 en la ciudad de Valparaíso, dejando prácticamente en escombros la principal puerta de Chile al mundo.

Se trataba de una nación que sobrevivía gracias a las ganancias que entregaba la exportación de salitre a los rincones más particulares del planeta; donde sus Presidentes eran elegidos con los votos del 3% de la población total del país y que, poco a poco, se iba construyendo mirando hacia Europa como ideal de progreso.

En 1910, fuera de todas estas características descritas tan superficialmente, Chile se encontraba con una de las efemérides más importantes en su corta vida como República independiente y el país se proponía festejar en grande el Centenario de su Independencia. La realidad precaria de nuestro país no fue impedimento para que la elite nacional organizara con ahínco las celebraciones, que no escatimaron en gastos ni en elegancia. Era un momento crucial para quienes veían con orgullo el desarrollo de esta nación.

A continuación, analizaremos el contexto en el cual se desarrolló esta gran celebración. Nuestro país tenía características muy particulares en este momento de su historia.

I.Panorama social: Chile de cara al Centenario

Chile recibió el primer Centenario de su historia republicana en un contexto de profundas necesidades. En un primer término, la conmemoración de tan importante efeméride requería una gran celebración. La sociedad chilena deseaba presentarse al mundo como un país que progresaba, una nación que iniciaba el siglo XX con grandes expectativas tanto en lo económico como en lo social, un país que dentro de sus 100 años de historia independiente fue capaz de constituirse como “la copia feliz del edén”.

Todo esfuerzo por hacer de esa celebración un momento inolvidable resultaba fundamental. Inauguraciones de monumentales obras públicas, banquetes con delegaciones extranjeras como invitados de honor, desfiles militares y masivas fiestas populares en el Parque Cousiño fueron sólo una parte de las acciones que las autoridades de la época realizaron para festejar tan importante evento.

No obstante, a pesar del entusiasmo que emanaba de las autoridades y de la sociedad chilena en esta celebración, nuestro país encaró este Centenario inmerso en una realidad económica, social y cultural donde las carencias eran la constante. El inicio del siglo XX sorprendió a Chile con un régimen político centrado en un pequeño sector de la sociedad. Los gobiernos oligárquicos, que dentro de nuestra historia tradicional se consideran parte de la etapa “parlamentaria” del régimen político, mantuvieron un profundo letargo en lo que a reformas sociales se refiere, generando una gran deuda con una parte importante del país.

El soporte económico de este régimen político lo constituía el salitre, mineral utilizado en labores agrícolas y como materia prima para explosivos. Al iniciarse el siglo XX, el fisco chileno percibía impuestos que se cobraban a las grandes empresas extranjeras dueñas de los yacimientos. Del total de los ingresos de las arcas nacionales, un 56% correspondía al salitre. Ya desde finales del siglo XIX, en Chile se concentraba gran cantidad de obras públicas realizadas gracias a los beneficios económicos de esta industria.

Las principales obras construidas durante los primeros diez años del siglo XX fueron ferrocarriles y puertos, como una forma de mejorar las vías de comunicación, ya fuera dentro del país como al extranjero. A pesar del progreso material manifestado paulatinamente en las grandes urbes chilenas, los índices de marginalidad eran igualmente abrumadores.

Desde finales del siglo XIX, nuestro país vivía el fenómeno denominado “cuestión social”; las necesidades extremas de un pueblo que reclamaba abiertamente por primera vez su cuota de progreso, bienestar y armonía. El costo de la vida era notoriamente elevado, sobre todo para los grupos más desposeídos de la sociedad. La constante inflación que enfrentaba la economía nacional, hacía elevar los precios de artículos básicos de consumo, perjudicando notoriamente a quienes vivían de un salario no muy generoso.

Grandes movimientos sociales de obreros urbanos y salitreros, los que desarrollaron significativas huelgas durante los primeros diez años del siglo XX, fueron el síntoma más plausible de la realidad que durante mucho tiempo se había preferido ocultar. La respuesta de la autoridad ante estas manifestaciones fue brutal. La masacre de la Escuela Santa María de Iquique, en 1907, se constituye como el símbolo de una época donde los sectores desposeídos del país alzaron su voz en búsqueda de mejores condiciones para sus vidas.

Gran parte de estas necesidades señaladas las podemos resumir en elementos fundamentales como educación, vivienda y salud. El índice de analfabetismo era de un 60%, en un país de 3 millones 200 mil habitantes. En la educación primaria, existían alrededor de 260.000 alumnos. En la secundaria ese número se reducía drásticamente, pues había sólo 30.000 estudiantes. Durante gran parte del siglo XIX, el Estado chileno profundizó considerablemente el desarrollo de la educación fiscal, llegando en 1910 a tener alrededor de 2.300 escuelas primarias en todo Chile. Sin embargo, ese esfuerzo dejaba pendiente las necesidades de la enseñanza secundaria, ya que en todo el país había sólo 40 escuelas de esta naturaleza.

Si pasar de la enseñanza primaria a la secundaria resultaba difícil para gran parte de los chilenos, acceder a la educación superior era aún más complicado. Sólo 1.800 estudiantes cursaban carreras profesionales, ya sea en la Universidad de Chile o en la Universidad Católica, los principales planteles superiores del país que impartían carreras como arquitectura, humanidades, leyes, ingeniería y medicina.

Quizás los grandes beneficiados de la educación superior fueron los sectores medios. Este nuevo grupo social, se constituyó en gran medida por profesionales, principalmente profesores, abogados y médicos, representando una nueva forma de posicionamiento social en base al mérito intelectual. Sin embargo, al no constituirse plenamente como un grupo homogéneo, fueron víctima de humillaciones y rechazo por parte de los sectores acomodados de la población. Se les veía como vulgares imitadores de la aristocracia chilena, ya que en los primeros años del siglo XX adoptaron costumbres de consumo en base al status impuesto por la elite.

En resumen, la educación nacional manifestaba profundas carencias, representadas en la escasa cobertura a nivel de país, en la falta de oportunidades para acceder a una escolaridad más completa y en un analfabetismo que se elevaba como la señal más patente de una educación pública sin el desarrollo adecuado para un país que pretendía alcanzar el progreso pleno. Recién en 1920 se promulgó la Ley de Instrucción Primaria Obligatoria. Hasta ese momento, vencer el analfabetismo fue la principal tarea que se propusieron las autoridades del país.

En cuanto a la realidad de la vivienda en Chile, dado el crecimiento económico de sectores específicos del país -como el norte grande salitrero y la zona central, los que se presentaban como centros atractivos para encontrar empleo- se experimentó un progresivo aumento en los índices demográficos en dichas zonas. Esta situación no hizo más que empeorar las condiciones de vivienda en los grandes centros urbanos de Chile. Se masificaron los cités y conventillos, habitaciones que en muchas ocasiones albergaban gran cantidad de familias, pequeñas piezas sin iluminación natural o artificial, y sin siquiera los servicios básicos para satisfacer necesidades. En 1910, Santiago tenía alrededor de 1.600 conventillos, en los cuales vivían aproximadamente 75.000 personas. El hacinamiento era la tónica en este tipo de viviendas, situación que acentuaba las pésimas condiciones de vida de los sectores bajos de la sociedad.

Las necesidades en el ámbito de la vivienda se relacionaban fuertemente con las deplorables condiciones de salud de la población. En Chile, hacia 1910 el índice de mortalidad general era de un 31,7%1. Dentro de las enfermedades más mortíferas estaban la tuberculosis, bronconeumonía y la neumonía, alcanzando un 16% de mortalidad. La ausencia de agua potable y de servicios de alcantarillado propagaba enfermedades como el tifus y el cólera, transformándolas en las principales causas de muerte en nuestro país, con un índice de un 76% de mortalidad. Las enfermedades venéreas también provocaban estragos en la población; la sífilis afectaba a amplios sectores de la sociedad chilena.

Sin embargo, fue en los índices de mortalidad infantil donde nuestro país manifestó con mayor fuerza sus penurias en el ámbito de la salud. Este índice llegaba aproximadamente al 25%, situándose como uno de los más altos del mundo. Las causas de muertes más comunes en los menores de un año eran la neumonía, diarrea y distrofias congénitas.

La cobertura médica en el país era aún más pobre. En todo Chile había aproximadamente 80 hospitales, lo que hacía prácticamente imposible combatir efectivamente todas las enfermedades que aquejaban a la población. Ante un panorama sombrío como este, la expectativa de vida, tanto para hombres como para mujeres, era de sólo 30 años.

Las profundas carencias de la sociedad chilena no sólo se manifestaban en el mundo urbano. Por el contrario, en 1910, más del 57% de la población chilena vivía en el campo, lo cual generaba una realidad tanto o más pobre que la descrita anteriormente. La situación del campo chileno mantenía estructuras de poder heredadas de la Colonia. La propiedad de la tierra estaba dominada por el latifundio, sector que empleaba a gran parte de la población chilena. Los inquilinos y peones fueron los principales trabajadores del campo chileno. Los primeros, establecían una relación laboral mediante la cual el trabajador tenía derecho a una casa y una porción de tierra. El vínculo en ningún caso era contractual, y el salario en
dinero prácticamente no existía. Por su parte, los peones realizaban labores de temporada recorriendo los campos en épocas de mayor demanda, trabajo por el cual recibían un sueldo.

El mundo rural estaba absolutamente aislado del urbano. No existían en el campo grandes comodidades materiales, tampoco se satisfacían las necesidades básicas con facilidad, características que transformaban al campo chileno en el sector social más deteriorado de la población.

Párrafo aparte merece la realidad de los obreros del salitre, quizás el ejemplo más emblemático de las contradicciones de un país que aspiraba al desarrollo. En las oficinas salitreras del norte grande, numerosas familias vivían en campamentos de pequeñas casas con dos o tres habitaciones. Las condiciones higiénicas eran aún más precarias que en otros centros urbanos del país. A eso hay que sumar las agotadoras jornadas laborales, con más de 12 horas de trabajo al día, sin descanso dominical.

Los obreros del salitre no recibían dinero por su trabajo. El salario de un salitrero se componía de fichas, las que se podían cambiar por alimentos u otros bienes en las pulperías presentes en las oficinas salitreras. Este hecho no hacía más que profundizar las pésimas condiciones de vida de estos trabajadores, los que al igual que los campesinos y los obreros urbanos, vivían desamparados a las puertas del primer centenario de la República.

II. Un mundo de diferencias: época de “crisis” en la República

La particularidad de Chile hacia 1910, específicamente en el ámbito social, lo representan las abrumadoras diferencias materiales que existían entre uno y otro sector de la población. Así como acabamos de describir una parte de la sociedad cuya realidad marginal la hacía permanecer en el anonimato, revisaremos ahora las características más relevantes del grupo social que gozaba del protagonismo en los festejos del Centenario de la República; la elite oligárquica.

Tanto la política, como el poder económico y social, estaban concentrados en un pequeño grupo de la sociedad, cuya tradición y orígenes los hacía mantener una cierta identidad como clase social. Provenían de la fusión de la aristocracia terrateniente más tradicional del país, con los comerciantes, mineros e industriales enriquecidos durante la segunda mitad del siglo XIX.

Su estilo de vida era esencialmente urbano, y en cada una de sus costumbres demostraban la posición social alcanzada gracias a su condición económica. Lujosas mansiones de estilo europeo, especialmente francés, eran la manifestación preferida de la oligarquía chilena para presentarse ante el resto. Todos los hábitos y modales de la cultura francesa también se intentaban replicar en la vida cotidiana de este sector de la sociedad chilena.

El lujo y el gasto exacerbado estaban amparados en la frivolidad que entregaba el dinero a mano llena. La minería, los bancos y el comercio eran la principal fuente de riqueza de esta clase social, base de un estilo de vida donde el lujo aumentaba significativamente. De esta manera, más que “ganar” mucho dinero, era más relevante “gastar” ese dinero, y hacerlo de forma tal que se expusiera al resto de la sociedad.

Esta situación, no hizo más que aislar a la oligarquía del resto de la realidad nacional. La pobreza material que experimentaba gran parte del país prácticamente no existía para la oligarquía, la que sólo se preocupaba de mantener sus hábitos y costumbres, tanto en el Club Hípico como en el Club de La Unión, centros de reunión por excelencia de la aristocracia santiaguina. Esta situación fue generando en la época del Centenario una profunda sensación de “crisis moral”, pues una sociedad que aspiraba celebrar sus primeros cien  años de vida republicana, no había sido capaz de masificar un sentimiento de pertenencia a un ideario de progreso común.

Denunciada por importantes intelectuales de la época, esta “crisis moral” se relacionaba con el concepto de la desigualdad, la miseria humana y la superficialidad con que se trataban los graves problemas sociales del país.

Gran parte de las soluciones a esta crisis se vinculaban con la educación y sus beneficios para la población. Apreciábamos anteriormente el nivel de precariedad en que se encontraba el sistema educativo chileno, propagando el analfabetismo en parte importante de la comunidad, situación que no hacía más que condenar a miles de chilenos a una vida alejada de todo progreso. A este hecho debemos sumar los altos índices de alcoholismo en los hombres, como resultado de un estilo de vida a todas luces opresor.

“El Centenario ha sido una exposición de todos nuestros oropeles y de todos nuestros trapos sucios”1. De esta forma se expresaba el profesor secundario Alejandro Venegas, protegido por el pseudónimo de Dr. Valdés Cange, ante el panorama social que proyectaba Chile de cara a las celebraciones por su Centenario. Recorrió gran parte del país, para luego tomar todas sus experiencias y publicar el texto “Sinceridad, Chile íntimo en 1910”, una de las más agudas críticas a la realidad nacional del Centenario. En resumen, se criticaba también la relajación moral en que había caído la oligarquía, viviendo en esa suerte de “burbuja” que la aislaba de la realidad.

No obstante, se vivía una decadencia moral en un sentido mucho más amplio, debido a que la clase política tampoco contribuía mucho en la corrección de todos los males sociales que aquejaban a la población. Las críticas de la época también apuntaban a este período “parlamentario”, donde la oligarquía decidía los destinos del país desde los salones del Club de la Unión o desde los palcos del Club Hípico. La clase gobernante habría privilegiado sus intereses particulares por sobre los de la nación, llevando a límites insospechados la inoperancia en materia institucional. “Ambiciones exageradas y opuestas, imposibles de satisfacer, dieron origen a la formación de círculos personales y de caudillos políticos primero, y a las rivalidades, los odios y el despedazamiento del partido después”2. Este hecho era la esencia de la “crisis moral”. Todos los problemas que enfrentaba nuestro país sucumbieron ante un
sistema político que avalaba el desinterés y la frivolidad, en lugar de garantizar progreso y bienestar en la población.

III. Chile: 1810-1910

Obras conmemorativas del Centenario

Como parte de las celebraciones, se inauguraron importantes obras públicas en todo el país, concentrando de todas maneras las más relevantes en la ciudad de Santiago. En primer término, una de las inauguraciones más emblemáticas fue la del Palacio de Bellas Artes, efectuada el 21 de septiembre de 1910 en el marco de la Exposición Internacional de Bellas Artes, con motivo del Centenario de la República. Su construcción estuvo a cargo del arquitecto francés Emilio Jecquier, y tardó nueve años en levantarla.

Otra de las obras realizadas, también a cargo de Emilio Jecquier, fue la Estación Mapocho. Si bien no alcanzó a ser inaugurada para las fiestas del Centenario, pues abrió sus puertas al público en 1912, el proyecto de su construcción estaba contemplado dentro de las grandes obras que Chile construiría para el Centenario. Construcciones de una marcada influencia
europea, buscaban plasmar la majestuosidad, el progreso y el desarrollo alcanzado hasta esa fecha.

En el plano urbano se hicieron los cambios más significativos de todo este proceso. Se construyó la primera red de alcantarillados en la capital. El alumbrado eléctrico también hizo su estreno, alumbrando las noches capitalinas con más de 1.900 focos repartidos en sus calles. Este hecho representó un gran avance para la época, ya que la red de alumbrado público
hasta ese momento se constituía de lámparas a gas y a parafina.

Santiago ganó un pulmón verde que hasta el día de hoy engalana la ribera del Mapocho. Se inauguró el Parque Forestal, obra a cargo del paisajista Jorge Dubois, como parte del remozamiento urbano dispuesto para la capital. Por otra parte, se ensancharon avenidas, se cambiaron los adoquines de las calles de la ciudad, también se remodeló el entorno del Cerro Santa Lucía con  jardines y estatuas. La ciudad tenía que presentarse como un escenario impecable, lugar donde desfilarían los invitados extranjeros a esta gran fiesta, en la que un país pequeño como Chile pretendía demostrar a los demás, que pese a sus dificultades podía comportarse como un país digno y orgulloso de su corta historia como nación independiente.

Un Centenario sin Presidente

La conmemoración del Centenario sufrió un percance muy importante. El Presidente Pedro Montt, quien padecía arteriosclerosis y arritmia cardíaca, falleció el 16 de agosto de 1910 en la ciudad alemana de Bremen, lugar donde pretendía buscar tratamiento para sus enfermedades. Curiosamente, en medio de los festejos por el Centenario, la capital que se estaba vistiendo de fiesta tuvo que colgarse el riguroso luto, realizando el funeral del presidente a finales de agosto.

Asumió el mando, el Vicepresidente Elías Fernández, quien producto de una neumonía falleció el 6 de septiembre. Chile, a las puertas de la gran celebración planeada durante todo el año, no tenía presidente.  La situación se tornaba muy complicada, la estabilidad del país estaba en juego, su imagen ante el mundo tambaleaba. El gran proyecto del Centenario se quedaba sin presidente. Inmediatamente, entre los partidos políticos de la época, se acordó nombrar a Emiliano Figueroa, en su calidad de ministro más antiguo del gabinete, como vicepresidente hasta las elecciones que se realizarían ese mismo año. Fue él quien encabezó los festejos oficiales, recibiendo a las delegaciones invitadas del exterior. Posteriormente, sería electo Presidente de la República, Ramón Barros Luco.

Festejos del Centenario

Las fiestas que se desarrollaron en todo el país conmemoraban la instalación de la Primera Junta de Gobierno, el 18 de septiembre de 1810, la cual resguardó el poder mientras el Rey Fernando VII permanecía preso en manos de Napoleón. Se entiende la relevancia de esta fecha, ya que marca el inicio del complejo proceso de independencia nacional culminado en 1818. A pesar de no ser la fecha cuando efectivamente se selló la independencia nacional, era una fecha significativa por lo que se inició con ella.

La elite chilena buscó hacer partícipe a otros países en este festejo. Por otra parte, otras naciones de la región también celebraban este acontecimiento, y Chile había sido invitado para participar de las celebraciones. Fue el caso de la invitación cursada por Argentina, que en el mes de mayo celebró su Centenario de Independencia. En esa ocasión, fue el Presidente Pedro Montt el encargado de representar al país en dicho evento.

La celebración chilena debía ser en grande, de ahí entonces que no se escatimó en gastos ni en esfuerzos por contar con las delegaciones de países como Alemania, Argentina, Austria-Hungría, Bélgica, Bolivia, Brasil, Colombia, Costa Rica, Cuba, Ecuador, España, Estados Unidos, Francia, Guatemala, Honduras, Italia, Japón, México, Nicaragua, Panamá, Rusia, San Salvador, Uruguay y el Vaticano. Perú no acudió pues las relaciones diplomáticas con el vecino país estaban rotas por temas fronterizos. Los edificios públicos lucían un adorno de guirnaldas iluminadas con ampolletas blancas, azules y rojas, dispuestas para engalanar la ciudad en honor a sus huéspedes.

El día 12 de septiembre, las 24 delegaciones invitadas presentaron sus credenciales a las autoridades nacionales encabezadas por el Vicepresidente Emiliano Figueroa. Con este simbólico hecho se dio por iniciado el festejo de los cien años de vida independiente de Chile. La comitiva oficial, compuesta por el país anfitrión, las delegaciones invitadas y otras autoridades, encabezó múltiples banquetes y funciones de gala, como la realizada en el Teatro Municipal. Santiago lucía embanderado correctamente, múltiples desfiles militares adornaban también sus calles, todo era un ambiente de festividad.

La comitiva siguió los festejos esta vez en Valparaíso, pues el 14 de septiembre el puerto principal tuvo la oportunidad de brindar desfiles y un gran banquete en honor de los invitados.

Durante los días que siguieron, algunas delegaciones invitadas donaron imponentes monumentos tanto en la capital como en el puerto, inmortalizando en cada rincón de la ciudad el paso de los invitados a esta gran fiesta. Paralelo a las festividades oficiales, el resto de la sociedad también celebraba el Centenario, ya fuera en bares, cantinas, circos, ubicados lejos del centro,  principalmente al norte del río Mapocho. Mientras la elite celebraba en palacios de estilo francés con costosas y lujosas cenas, los grupos bajos de la sociedad establecían una celebración algo más humilde, donde el aditivo especial iba desde la chicha o el aguardiente, hasta el pequén, pequeña empanada rellena con cebolla. Todo esto amenizado por antores populares, cuecas y competencias de rimas, juegos de azar, carreras de caballo, peleas de gallo en algunos lugares; en suma, un contexto para dar rienda suelta a las emociones.

Las celebraciones de estos grupos estaban por lo general restringidas a un espacio específico de la ciudad, pues para la elite santiaguina todo ese elemento popular se alejaba mucho de la imagen que quería proyectar al resto del mundo.

Una de las iniciativas de la autoridad por integrar al mundo popular en estos festejos, fue la realización de una serie de concursos de cantos corales, cuentos nacionales y lucha romana. La recepción por parte de la gente fue casi nula. Quizás esto se puede comprender tomando en cuenta que las formas de celebración desarrolladas por los grupos populares respondían plenamente a sus intereses, y no a las imposiciones culturales que muchas veces realizaba la autoridad.

El 17 de septiembre anunciaba la proximidad de la ansiada fecha con un espectáculo de fuegos artificiales en plena Avenida Independencia, lugar por donde el Ejército Libertador de los Andes ingresó a la capital luego de su victoria en la Batalla de Chacabuco en 1817. El posterior banquete en el Palacio de la Moneda señalaba el inicio de la última espera por la celebración del Centenario.

El 18 de septiembre de 1910, Santiago despertó engalanado con un desfile que representaba el ingreso de los patriotas a la ciudad luego de su triunfo en la batalla de Maipú, el 5 de abril de 1818. Para la ocasión, desfilaron militares chilenos y argentinos recordando ese momento fundamental en la historia nacional.

Posteriormente, la comitiva encabezada por Emiliano Figueroa acudió al Te deum de la Catedral Metropolitana, ceremonia oficial que marcaba el punto más alto de las celebraciones.

Ese mismo día, la municipalidad de Santiago organizó una celebración al aire libre, en los balcones del Cerro Santa Lucía, para luego montar un espectáculo de fuegos artificiales en el mismo lugar. Por la noche, el Teatro Municipal se vistió de gala para presentar una función especial para todos los invitados a estas masivas celebraciones.

Los festejos oficiales del Centenario prosiguieron el día 19, con la realización de la Parada Militar en la elipse del Parque Cousiño. Esta ocasión permitió al pueblo en general participar de manera más directa, pues más allá del espectáculo marcial, hubo fondas y ramadas, donde la celebración popular pudo desarrollarse sin mayores restricciones.

Objetivamente, las celebraciones oficiales continuaron hasta fines del mes de septiembre. Durante los días posteriores al desarrollo de las actividades descritas, hubo carreras conmemorativas en el Club Hípico, además de la inauguración del Palacio de Bellas Artes junto con la exposición internacional.

Las fiestas por el Centenario llegaban a su fin. Las delegaciones invitadas retornaban a sus países, y este pequeño país retronaba poco a poco a su rutina. Quizás la resaca después de tanto festejo fue muy grande. De todas maneras, no se compara con la sensación de orgullo de la elite chilena; Chile había sido capaz de sobreponerse a un sentimiento y malestar generalizado, aunque fuera por algunos días, logrando proyectar la imagen de un país ordenado tanto en su vecindario más próximo, como hacia el resto del mundo.

Libertad en chile

El 12 de febrero de 2018 Chile celebrará 200 años de vida republicana. Esta fecha conmemora un hito emblemático en nuestra historia: el inicio del proceso que nos llevaría a ser una nación independiente.

El Bicentenario de Chile es una fecha trascendental, un motivo de celebración  que nos permite conmemorar lo que somos como nación y lo que hemos logrado en estos doscientos años. Es un momento crucial para reflexionar sobre lo que hemos hecho bien y lo que debemos cambiar y mejorar  en los próximos años. A partir de ese análisis, el Bicentenario nos brinda una oportunidad única para sentirnos orgullosos de lo que somos, y soñar el país que queremos construir para las futuras generaciones.

Es momento de festejo, unión, reflexión y de proyección hacia el futuro.

El Bicentenario de Chile es una oportunidad única para comprometer a cada ciudadano e institución en la construcción del país que queremos, el que podríamos definir a través de lo que hemos denominado los Valores Bicentenario. Estos son un conjunto de cualidades que esperamos representen en Chile del Bicentenario:

• Un país que rescata, valora y respeta sus identidades que crea, difunde y preserva su patrimonio natural y cultural (tangible e intangible).

• Un país libre y democrático que promueve una cultura de libertad y participación, impulsando el desarrollo de espacios de expresión, interacción y diálogo ciudadanos.

• Un país diverso e integrado que  promueve la cultura de la tolerancia y la no discriminación, los diálogos interculturales y la inclusión de la comunidades discriminadas.

• Un país socialmente equitativo y solidario que  promueve la igualdad de oportunidades y desarrolla capacidades para la autopromoción social.

• Un país en crecimiento que impulsa el desarrollo de las capacidades de las personas, articula estratégicamente los sectores privado y público y motiva la innovación en productos y procesos y el uso de nuevas tecnologías.

• Un país en armonía con el medio ambiente que promueve una cultura de cuidado del medio ambiente y del respeto y amor por los animales y la naturaleza en general.